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lunes, 28 de octubre de 2013

Prólogo



Heme aquí de nuevo, acurrucado fielmente en el regazo de la que alguna vez fuera la apasionada amante del joven coronel Fiorello Zucconi. Una singular dama, exquisita belleza de piel morena y ojos negros y profundos, ojos que en esta noche, fría y estrellada me miraban pasionalmente, casi como si me quisiesen devorar entero. Muchas otras noches ya lo había notado, sin embargo nunca me había mirado de esa manera, su mirada me dio tal calidez, que por un momento olvide la turbulencia de días pasados y ahí fue entonces cuando lo sabría, pues esa mirada podía decir más que todas las palabras que hubiese escuchado jamás, al mirarme de esa manera tan cálida, en realidad no era al hombre sobre su regazo a quien miraba, sino a aquel hombre que alguna vez profesó amor, el cual fue correspondido con desprecio, pues si algo del coronel era bien sabido, sería que su gusto por las mujeres no podía limitarse a una sola, o no por mucho tiempo… Sin embargo parece que me he adelantado demasiado a lo que siquiera figuraría cómo el principio de una historia por lo cual me remontare al inicio, o al menos a mí inicio.
Era la primera semana de otoño cuando en el pueblo comenzarían a escucharse las primeras ideas de revolución, para aquel entonces yo frecuentaba a dos amigos, Gael y Flavio, quienes solían hablarme de las juntas revolucionarias y de porqué apoyaban la causa. En ese entonces yo no me preocupaba mucho por lo que podría significar una revolución o lo que eso conllevaría, la verdad es que pensaba que de todo ese cotilleo, no habría mucho de lo que me pudiera preocupar, aunque al parecer al Rey si, puesto que no pasaría mucho tiempo, antes de que llegaran las primeras tropas reales a inspeccionar que ocurría.
Al llegar el ejército, las juntas revolucionarias- como la gente solía llamarlas, se convirtieron en “grupos de oración” organizados en pequeñas capillas y por lapsos que nunca excedían de las 2 horas, sin embargo estas reuniones no duraron por mucho tiempo, puesto que en esos días era muy común ver a un coronel llamado Jevano Tiranno  y a un séquito de soldados rondar por las calles, pavoneándose y alardeando de su gran destreza cuando atrapaba a algún sospechoso. El coronel no descansaba hasta hacer a sus prisioneros confesar hasta cuantas veces se duchaban.
Cuando la rebelión fue descubierta los revolucionarios se vieron forzados a actuar, de manera improvisada gente tanto del pueblo cómo de colonias aledañas iniciarían una guerrilla que rápidamente sería controlada por el ejército real, forzando a los revolucionarios restantes huir al sur, alejando al conflicto del pueblo por un momento, era a mediados de invierno cuando Flavio fue a despedirse de mí y a decirme que alcanzaría a Gael y al resto de los revolucionarios en Puerto Griotto, en el sur, ese mismo día descubriría el pueblo se había convertido en una base militar y que si no quería verme involucrado en este embrollo me tendría que ir de ahí.
Cuando Flavio y yo llegamos a Distezzia hallamos que aunque había vigilancia militar no era algo de qué preocuparse, poco después de llegar Flavio me trataría de persuadir por última vez para que lo acompañara a Puerto Griotto, sin embargo yo tenía otros planes y decidí que me asentaría en Distezzia y no me arriesgaría a viajar más, sin saber que esta decisión le daría un giro total a mi vida.

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