Heme aquí de nuevo, acurrucado fielmente en el regazo de la
que alguna vez fuera la apasionada amante del joven coronel Fiorello Zucconi.
Una singular dama, exquisita belleza de piel morena y ojos negros y profundos,
ojos que en esta noche, fría y estrellada me miraban pasionalmente, casi como
si me quisiesen devorar entero. Muchas otras noches ya lo había notado, sin
embargo nunca me había mirado de esa manera, su mirada me dio tal calidez, que
por un momento olvide la turbulencia de días pasados y ahí fue entonces cuando
lo sabría, pues esa mirada podía decir más que todas las palabras que hubiese
escuchado jamás, al mirarme de esa manera tan cálida, en realidad no era al
hombre sobre su regazo a quien miraba, sino a aquel hombre que alguna vez
profesó amor, el cual fue correspondido con desprecio, pues si algo del coronel
era bien sabido, sería que su gusto por las mujeres no podía limitarse a una
sola, o no por mucho tiempo… Sin embargo parece que me he adelantado demasiado
a lo que siquiera figuraría cómo el principio de una historia por lo cual me
remontare al inicio, o al menos a mí inicio.
Era la primera semana de otoño cuando en el pueblo
comenzarían a escucharse las primeras ideas de revolución, para aquel entonces
yo frecuentaba a dos amigos, Gael y Flavio, quienes solían hablarme de las
juntas revolucionarias y de porqué apoyaban la causa. En ese entonces yo no me
preocupaba mucho por lo que podría significar una revolución o lo que eso
conllevaría, la verdad es que pensaba que de todo ese cotilleo, no habría mucho de lo que me
pudiera preocupar, aunque al parecer al Rey si, puesto que no pasaría mucho
tiempo, antes de que llegaran las primeras tropas reales a inspeccionar que
ocurría.
Al llegar el ejército, las juntas revolucionarias- como la
gente solía llamarlas, se convirtieron en “grupos de oración” organizados en
pequeñas capillas y por lapsos que nunca excedían de las 2 horas, sin embargo
estas reuniones no duraron por mucho tiempo, puesto que en esos días era muy
común ver a un coronel llamado Jevano Tiranno
y a un séquito de soldados rondar por las calles, pavoneándose y
alardeando de su gran destreza cuando atrapaba a algún sospechoso. El coronel
no descansaba hasta hacer a sus prisioneros confesar hasta cuantas veces se
duchaban.
Cuando la rebelión fue descubierta los revolucionarios se
vieron forzados a actuar, de manera improvisada gente tanto del pueblo cómo de
colonias aledañas iniciarían una guerrilla que rápidamente sería controlada por
el ejército real, forzando a los revolucionarios restantes huir al sur,
alejando al conflicto del pueblo por un momento, era a mediados de invierno cuando
Flavio fue a despedirse de mí y a decirme que alcanzaría a Gael y al resto de
los revolucionarios en Puerto Griotto, en el sur, ese mismo día descubriría el
pueblo se había convertido en una base militar y que si no quería verme
involucrado en este embrollo me tendría que ir de ahí.
Cuando Flavio y yo llegamos a Distezzia hallamos que aunque
había vigilancia militar no era algo de qué preocuparse, poco después de llegar
Flavio me trataría de persuadir por última vez para que lo acompañara a Puerto
Griotto, sin embargo yo tenía otros planes y decidí que me asentaría en
Distezzia y no me arriesgaría a viajar más, sin saber que esta decisión le
daría un giro total a mi vida.
